Ya en los primeros capítulos se me atragantó el desaforado narcisismo del autor y sus torpes intentos por disimularlo. Personajes definidos con demasiadas prisas y grandes adjetivos que los convierten en clichés y dejan poco espacio para futuros matices. Pero no fue la historia o los personajes lo que me hizó dejar el libro en el tercer capítulo. Fue su pésima construcción. Un libro mal escrito.

Pero… ¿es eso posible? ¿puede un bestseller estar mal escrito?

Antes de continuar, es necesario aclarar que cualquier bestseller reúne unos mínimos sintácticos y gramaticales que consiguen que la historia se comprenda sin dificultad. Si atendemos a ese objetivo básico, ningun betseller esta mal escrito. Faltaría más. Pero estamos hablando de LITERATURA.

Dejar de pisar a tu pareja no te convierte en un buen bailarín.

Un libro está bien escrito cuando los párrafos siguen una aplastante lógica interna. Las frases se complementan unas a otras, sin resultar redundantes ni previsibles. El lector casi puede anticipar la  frase siguiente. No hay elementos artificiales que distraigan. La lectura fluye porque el lector puede ir sumando dos más dos sin aburrirse.

Teniendo en cuenta esta definición, analicemos el párrafo donde se nos presenta a Harry Quebert:

Al día siguiente de la advertencia de Douglas, descolgué el teléfono y marqué el número de la única persona que consideraba que podría sacarme de ese embrollo: Harry Quebert, mi antiguo profesor en la universidad y, sobre todo, uno de los autores más leídos y respetados de América. A él me unía una estrecha amistad desde hacía una decena de años, desde que había sido su alumno en la Universidad de Burrows, en Massachusetts. 

Aunque es un párrafo importante, y la información a transmitir, bastante sencilla, el autor comete varias torpezas. La primera de ellas es que se nos dice dos veces que Harry fue nuestro profesor.

Al día siguiente de la advertencia de Douglas, descolgué el teléfono y marqué el número de la única persona que consideraba que podría sacarme de ese embrollo: Harry Quebert, mi antiguo profesor en la universidad y, sobre todo, uno de los autores más leídos y respetados de América. A él me unía una estrecha amistad desde hacía una decena de años, desde que había sido su alumno en la Universidad de Burrows, en Massachusetts. 

No solo es redundante, sino que genera un cambio de contexto innecesario. Comienza hablando de Harry en un contexto personal (mi antiguo profesor) para pasar a un contexto público (uno de los autores más leídos y respetados de América) para volver al personal (A él me unía una estrecha amistad ).
Por otro lado, no es correcto escribir “mi antiguo profesor en la universidad” porque el posesivo “mi” transmite que tuviste un solo profesor en la universidad. Las alternativas son:

Harry Quebert, uno de mis antiguos profesores en la universidad
Harry Quebert, un antiguo profesor mio de la universidad
Harry Quebert, mi antiguo profesor de literatura en la universidad 

Aunque la mejor solución consiste en eliminar la frase. Al fin y al cabo, vas a explicar que Marcus fue alumno de Harry en la frase siguiente. Retrocedamos un poco para eliminar una construcción artificial que aporta más bien poco:

Al día siguiente de la advertencia de Douglas, descolgué el teléfono y marqué el número de la única persona que consideraba que podría sacarme de ese embrollo: Harry Quebert, uno de los autores más leídos y respetados de América. A él me unía una estrecha amistad desde hacia una decena de años, desde que había sido su alumno en la Universidad de Burrows, en Massachusetts. 

Por el tiempo verbal, YA se transmite la idea de incerteza. Un poco más adelante, encontramos otra estructura artificial y redundante:

Al día siguiente de la advertencia de Douglas, descolgué el teléfono y marqué el número de la única persona que podría sacarme de ese embrollo: Harry Quebert, uno de los autores más leídos y respetados de América. A él me unía una estrecha amistad desde hacía una decena de años, desde que había sido su alumno en la Universidad de Burrows, en Massachusetts. 

¿Es relevante especificar que la estrecha amistad es desde hace una decena de años? Es tentador incluir datos concretos para dar impresión de veracidad, pero lo único que consiguen es hacernos pensar demasiado. Interrumpen el flujo y nos obligan a realizar algún tipo de cálculo que no lleva a ninguna parte. Aquí la idea es transmitir que se conocen desde hace tiempo, y que sean amigos desde la universidad es más que suficiente.

Al final del párrafo:

Al día siguiente de la advertencia de Douglas, descolgué el teléfono y marqué el número de la única persona que podría sacarme de ese embrollo: Harry Quebert, uno de los autores más leídos y respetados de América. A él me unía una estrecha amistad desde que había sido su alumno suyo en la Universidad de Burrows, en Massachusetts. 

Como Marcus no fue el único alumno de Harry, es mejor un posesivo pospuesto a uno antepuesto.
El párrafo ha mejorado, comienza a fluir, pero tiene una lógica demasiado simple. El autor se limita a afirmar algo (Harry es el único que puede ayudarme) y a justificarlo después (es mi amigo y un gran escritor). Es poco interesante porque no involucra al lector. Hagamos un pequeño cambio. Desplacemos al final del párrafo, la frase dónde ponemos nuestras esperanzas en Harry:

Al día siguiente de la advertencia de Douglas, descolgué el teléfono y marqué el número de Harry Quebert, uno de los autores más leídos y respetados de América. Nos unía una estrecha amistad desde que había sido alumno suyo en la Universidad de Burrows, en Massachusetts. Era la única persona que podría sacarme de ese embrollo

Veamos cómo la nueva lógica interpela al lector:

Al día siguiente de la advertencia de Douglas, descolgué el teléfono y marqué el número de Harry Quebert […] 

El lector se pregunta ¿Quién será ese Harry Quebert? Empezar con una pregunta siempre funciona. Además, el lector piensa (aunque sea por una milésima de segundo): Si Marcus llama a alguien cuando tiene un problema es porque ese alguien va a poder ayudarle ¿no? Es una suposición sencilla, casi inconsciente, pero al no enunciarla claramente, conseguiremos que el lector lea con más atención el resto del párrafo en busca de una confirmación.

Al día siguiente de la advertencia de Douglas, descolgué el teléfono y marqué el número de Harry Quebert, uno de los autores más leídos y respetados de América

Bien -piensa el lector- eso parece confirmar mis sospechas: un escritor bloqueado llama a un escritor consagrado… Pero, ¿porqué un escritor tan importante va a ayudar a Marcus? ¿Acaso le debe un favor? ¿Acaso son amigos? 

Al día siguiente de la advertencia de Douglas, descolgué el teléfono y marqué el número de Harry Quebert, uno de los autores más leídos y respetados de América. Nos unía una estrecha amistad desde que había sido alumno suyo en la Universidad de Burrows, en Massachusetts.

Bien, casi confirmado. No solo es un gran escritor sino que es nuestro amigo. He cambiado “A el me unía una estrecha amistad” por “Nos unía una estrecha amistad”, ya que la amistad es un sentimiento recíproco.

Al día siguiente de la advertencia de Douglas, descolgué el teléfono y marqué el número de Harry Quebert, uno de los autores más leídos y respetados de América. Nos unía una estrecha amistad desde que había sido alumno suyo en la Universidad de Burrows, en Massachusetts. Era la única persona que podría sacarme de ese embrollo. 

Al colocar esta frase al final, cumple una doble función: es el azucarillo (confirma definitivamente la suposición del lector), y tiene utilidad dramática. Subraya la importancia de Harry y nuestra dependencia hacia él. Añade un punto de desesperación que puede sernos útil para generar cierta tensión en la petición de ayuda: si es la única persona y nos dice que no, estamos perdidos.

Pero continuemos leyendo un poco más:

En aquel momento llevaba más de un año sin verle y casi el mismo tiempo sin hablar con él por teléfono. Le llamé a su casa, en Aurora, New Hampshire. Al escuchar mi voz, me dijo con tono socarrón: 

—¡Hombre, Marcus! ¿Es usted de verdad? Increíble. Desde que es famoso, ya no tengo noticias suyas. Intenté llamarle hace un mes y se puso su secretaria, que me dijo que no estaba usted para nadie. 

La primera frase añade un nuevo elemento para generar tensión antes de la llamada: Marcus ha descuidado la amistad con la única persona que puede echarle una mano. La intención es buena, pero la frase es rebuscada y vuelve a hacernos pensar demasiado. Qué importa si lo llamaste poco después de verlo. Hagámoslo simple:

Le llamé a su casa, en Aurora, New Hampshire. Hacía más de un año que no hablaba con él. Al escuchar mi voz, me dijo con tono socarrón:

—¡Hombre, Marcus! ¿Es usted de verdad? Increíble. Intenté llamarle hace un mes y se puso su secretaria, que me dijo que no estaba usted para nadie.

Hemos simplificado la frase y la hemos colocado en su posición natural. Esa posición es el equivalente literario a los tonos de la llamada. El espacio, ya sea temporal o escrito, entre que descolgamos el teléfono y nos responde el receptor. Es en ese momento cuando nos vienen a la cabeza pensamientos del tipo ¿Estará en casa? ¿Lo pillaré en un mal momento? ¿Cuanto tiempo hace que no lo llamo?

Hemos sembrado la duda ¿Estará Harry molesto? ¿Ayudará a Marcus? Es un buen punto de partida para generar un cierto suspense… Sin embargo, al contestar Harry “con tono socarrón”, ya sabemos, a las primeras de cambio, que Harry va a ayudar a Marcus. Hemos preparado al lector para nada.

Para terminar, la última frase incluye una morcilla fácilmente subsanable.

Desde que es famoso, ya no tengo noticias suyas. Intenté llamarle hace un mes y se puso su secretaria, que me dijo que no estaba usted para nadie. 

Se sobreentiende que, si no esta el jefe, es la secretaria la que se pone al teléfono. El fragmento limpio quedaría así:

 Le llamé a su casa, en Aurora, New Hampshire. Hacía más de un año que no hablaba con él.

—¡Hombre, Marcus! ¿Es usted de verdad? ¡Increíble! Desde que es famoso, ya no tengo noticias suyas. Intenté llamarle hace un mes pero su secretaria me dijo que no estaba usted para nadie. 

No sé que parte de responsabilidad ha tenido el traductor, pero en apenas dos párrafos, hemos hecho media docena de correcciones obvias.

En los buenos libros, es imposible modificar nada sin que se derrumbe todo el edificio. Podríamos seguir, pero la vida es más bien corta, y creo que tenemos mejores cosas que hacer.

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